domingo, 25 de mayo de 2008

Explicación de la Santa Misa (IV): confiteor


Confiteor Deo omnipotenti, beatae Mariae semper Virginis, beati Michaeli Archangeli, beato Ioanni Baptistae, sanctis apostolis Petro et Paulo, omnibus sanctis et vobis fratres (et tibi pater) quia peccavi nimis cogitatione, verbo et opere; mea culpa, mea culpa, mea maxima culpa. Ideo precor Beatam Mariam semper Virginem, Beatum Michaelem Archangelum, Beatum Ioannem Baptistam, Sanctos apostolos Petrum et Paulum, omnes sanctos et vos fratres (et te pater) orare pro me ad Dominum Deum nostrum.
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Yo confieso a Dios omnipotente, a la Bienaventurada siempre Virgen María, al Bienaventurado Miguel Arcángel, al Bienaventurado Juan Bautista, a los santos apóstoles Pedro y Pablo, a todos los santos y a ti padre, que he pecado mucho de pensamiento, palabra y obra; por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa. Por eso le ruego a la Bienaventurada Virgen María, al Bienaventurado Miguel Arcángel, al Bienaventurado Juan Bautista, a los santos apóstoles Pedro y Pablo, a todos los santos y a ti padre que roguéis por mi a Dios nuestro Señor.
Antes del sacrificio el hombre debe confesarse culpable. Así, la confesión general hecha antes de la Misa es de la más remota antigüedad, aunque haya variado la fórmula y no se haya fijado tal como la decimos hasta el siglo XI. Esta confesión pública es el medio poderoso de que Dios no deseche un sacrificio ofrecido por corazones contritos y humillados.
Primero reza el confiteor el sacerdote únicamente profundamente inclinado; el sacerdote comienza a cumplir este deber porque su responsabilidad es más grande en el altar y porque, como dice San Pablo, debe ofrecer en primer lugar por sus pecados y en segundo por los del pueblo. Aunque humillado y con ademán de un acusado ante el juez, permanecía recto durante la recitación del salmo "introibo". Pero en este momento se considera como un reo y se inclina más profundamente para acusarse y obtener el perdón. Los pecados nos han encorvado hacia la tierra. Esta humilde postura es la del hijo pródigo que ha pecado contra el cielo y contra su padre; la del publicano, que, lejos del santuario, se golpeaba el pecho y no osaba levantar los ojos; y la de Jesucristo en el huerto de los olivos. El Salvador comenzó su sacrificio como el sacerdote comienza la Misa, experimentando tristeza y temor hasta decir a sus discípulos como el sacerdote a los asistentes: "Mi alma está triste hasta la muerte"; después cayó con el semblante prosternando en tierra, acusando no ya el pecado formal que es inconciliable con la santidad de Dios, sino las iniquidades de los hombres. El sacerdote al decir el confiteor se hiere el pecho; manera muy antigua de expresar el dolor de los pecados, como lo vemos en el publicano y en los judíos convertidos que presenciaron el espectáculo del Calvario. Esta acción significa que quisiéramos destrozar nuestro corazón para obtener uno nuevo que pudiera agradar a Dios; y que estamos indignados contra este corazón que le ha ofendido. Los tres golpes que por lo común nos damos pueden mirarse como un número indefinido, y convienen bastante a las tres clases de pecados: de pensamiento, palabra y obra de que nos acusamos.
El sacerdote al acabar de recitar del confiteor no se endereza, sino que espera a las palabras del acólito y de los fieles: Misereatur tui omnipotens Deus et dimisis peccatis tuis perducat te ad vitam aeternam; Dios todopoderoso tenga misericordia de ti, perdone tus pecados y te lleve a la vida eterna. El sacerdote no se endereza hasta escuchar del pueblo esta oración por la que públicamente se reconoce la condición débil del sacerdote que va a subir a ofrecer el sacrificio y asimismo le anima a ello pidiendo el perdón a Dios por sus propios pecados. Asimismo, en esta oración del pueblo por la pureza del alma del sacerdote está la misma comunión de los santos, la Iglesia militante y los santos del cielo rezan continuamente por los sacerdotes que suben al altar a ofrecer el sacrificio. Por los sacerdotes celosos, por el fruto espiritual de la acción sagrada; por los sacerdotes tibios, para que llene de ardor su alma debilitada por la costumbre; por los sacerdotes renegados, para que el Señor les de la gracia de una fructuosa penitencia.
Al responder Amen, el sacerdote se endereza mientras el pueblo recita el confiteor, que concluye con la misma petición del sacerdote por el pueblo: Misereatur vestri...; Dios todopoderoso, tenga misericordia de vosotrso y perdonados vuestros pecados, os lleve a la vida eterna. El sacerdote ha recobrado su carácter de pastor de la asamblea santa que encabeza al pueblo hacia la tierra prometida. Esta última oración la ratifica el pueblo a su vez diciendo Amen, que sea así.

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