martes, 23 de septiembre de 2008

Explicación de la Santa Misa (XII): La Epístola

Los judíos comenzaban la asamblea del sábado en sus sinagogas por las lecturas sacadas del libro de Moisés y los profetas; los primeros cristianos siguieron este ejemplo en la reunión del domingo para el sacrificio. Sin duda que hubiera podido substituirse con la lectura del Evangelio en cuanto se escribió, pero convenía mostrar a los fieles la relación del Antiguo Testamento con el Nuevo.
La primera lectura de la Misa se llamó epístola o carta, porque frecuentemente y casi todos los domingos del año se toma de las epístolas canónicas de los apóstoles. Esta denominación genérica se conserva aún en las Misas en que se toma de los demás libros del Antiguo y del Nuevo Testamento; por lo demás, no se lee nada en la instrucción litúrgica que no se tome de la Santa Escritura; no obstante que en los primeros tiempos permitiesen los apóstoles tomar estas lecturas de las cartas de las iglesias o de los hombres apostólicos.
Las epístolas tienen siempre relación con el misterio, con la fiesta, o con el Evangelio que debe seguirse. Así, en el día de la Epifanía hace leer la Iglesia aquel famoso pasaje de Isaías donde se anuncia tan claramente la venida de los magos y la naturaleza de sus presentes; el día de Santa María Magdalena se lee el pasaje del cántico que pinta de un modo admirable el ardor y celo para encontrar a Jesucristo.
Además de todas estas relaciones que la piedad debe esforzarse en comprender, el fondo de la epístola, así como el del Evangelio, tiene por objeto ulterior preparar la inmolación moral del hombre, purificar el corazón de los fieles y hacerlos dignos de ofrecerse en sacrificio con Jesucristo. El sacerdote lee la epístola en voz inteligible, apoyadas las manos en el altar o en el libro en prueba de su adhesión inviolable a la palabra santa.
Moisés, antes de comenzar la alianza representativa y de esparcir por el pueblo la sangre de las víctimas, tomó el libro de la ley, leyó en voz alta los mandamientos de Dios e hizo jurar al pueblo su observancia; así en la Misa, antes de derramar sobre nuestras almas la sangre de la alianza nueva y eterna, lee la Iglesia la ley, la explica y exige una profesión de fe. Que la instrucción solemne de la liturgia nos haga, pues, acercarnos al altar con una fe plena y un corazón recto, dispuesto a lavarse en la sangre del Mediador.

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